“Entendí que la profesora tenía temores y grandes retos que afrontar, que somos seres humanos con capacidades diferentes y todos podemos aprender. Entendí que forjando metas se alcanzan, como ella dice, sueños de inclusión con todos y para todos”.

Con estas palabras terminó Marlen su relato sobre su profesora, Luz Amparo Pérez, en el libro Maestros protagonistas de la transformación, versión 2014. Marlen, a pesar de sus enormes dificultades de salud, se convirtió en la colaboradora perfecta para que una maestra dispuesta creara alternativas innovadoras e incluyentes en su institución educativa.

Cuando Marlen hizo realidad su sueño de estudiar, de entrar a la escuela, no solo cambió su vida, también movilizó a un grupo de maestros y directivos docentes para transformar, en pro de la inclusión, la apuesta educativa de la Normal Superior de San Roque, en el Nordeste de Antioquia.

Una enfermedad genética que afectaba su sistema oseo, conocida como `huesos de cristal´ la convertía no solo en la estudiante más frágil, también en el desafío más grande para el establecimiento educativo y su profesora Amparo. Marlen llegó, meses después del inicio de clases, para completar el grupo de niños con diferentes necesidades educativas especiales (NEE). Que ella describe amorosamente en el Libro; a su vez, un mosaico humano de retos para aquella docente, que aunque nerviosa, los afrontó en gran medida gracias a la complicidad creativa de Marlen.

A la fragilidad física de Marlen se sumaban las condiciones de sus demás compañeros: dificultades de atención, problemas de visión y limitaciones de aprendizaje. El reto no era pequeño. La maestra Luz Amparo pasó de experimentos sencillos reacomodando las mesas y desplazando el tablero en el aula, a incentivar el diseño de rampas y nuevas formas de acceso en la institución. Su objetivo no era otro que lograr las mismas oportunidades de educación para los alumnos. Paso a paso, implementó una nueva manera de enseñar. Su entusiasmo, voluntad y creatividad, le merecieron en el 2014 el reconocimiento como experiencia significativa, con el Premio Antioquia la más educada. Pero ella señaló, generosamente, que la mayor distinción se la merecía Marlen.

En Colombia ya llevamos casi una década hablando de educación inclusiva. Políticas de inserción y apoyo pedagógico para la atención de estudiantes en situación de discapacidad o con capacidades excepcionales, hacen parte de la normatividad.

Cifras oficiales del Ministerio de Educación indican que 12 de cada 100 niños presentan una condición que limita su aprendizaje y que, de ellos, solo 3 asisten a la escuela.

La tarea es grande pero siempre será más fácil de asumir cuando tenemos instituciones dispuestas, maestros como Luz Amparo y la consideración de que la voluntad e ideas de los discapacitados son parte de la solución.

Hace unos días “se rompió la niña de cristal”, pero su partida dejó un legado imborrable para quienes la conocieron y para quienes siguen luchando por el desarrollo de la inclusión en las aulas colombianas. Esta columna es un homenaje a ellos.