Por una política con altura y decencia

13 Jun 2022
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Por quien no votar

“Un adversario tiene que ser derrotado; un enemigo, destruido”, escribió el expolítico liberal canadiense Michael Ignatieff en su libro Fuego y cenizas al referirse a la contienda electoral, a la política pura y dura que él mismo afrontó como parlamentario en ese país norteamericano.

Una descripción calcada del actual panorama político en Colombia. Una escabrosa realidad del todo vale, de la destrucción del oponente, la humillación, el disfrute de ver la caída, la mentira y manipulación. En el medio: una ciudadanía hastiada, fatigada, dolida y frágil que sigue perdiendo la confianza en la política y los políticos.

Esa ciudadanía, decía también Ignatieff, mira el espectáculo de la política con asombro, disgusto y alarma, sensaciones que muy pronto se traducen en indiferencia frente al ejercicio de lo público, del bienestar colectivo, de sumar y hacer parte de. El mensaje que reciben, el ejemplo que ven es: lo importante es ganar, como sea, pero ganar.

La fragilidad ciudadana tiene que ver también con la incertidumbre de saber qué va a pasar, qué consecuencias tendrán los actos de juego sucio que hemos evidenciado recientemente en esta campaña presidencial: las conversaciones privadas deben tener la misma altura, seriedad y legalidad como si fueran a hacerse públicas. Hay que preguntarse si estas “estrategias” de acabar con el otro, que intentan normalizar como prácticas válidas en la política, tendrán alguna sanción. Paraliza escuchar y sentir que, pese a las evidencias, no pasará nada y que nos iremos lentamente acostumbrando a una forma de hacer política y a políticos sin altura y decencia.

El enemistamiento político, en la convivencia democrática, es la constante, dijo Luis Almagro, secretario general de la OEA, con quien hace poco conversamos en una misión de empresarios colombianos. Aseguró que es una dolencia de América Latina y que el riesgo está en la supremacía de ese poder: “El ganador se queda con todo”. Cuánta irracionalidad y emotividad despierta la política. Requerimos ponderación, equilibrio y apego a los principios.

Evitemos normalizar la destrucción como táctica aceptada en la política, la mentira como arma para lograrlo, la descalificación al adversario con hábitos peligrosos e ilegales. Es improbable que quien llegue al poder con la mentira gobierne con la verdad.

Será requerida, como nunca antes, una ciudadanía activa, que construya, anhele y defienda una política del bien común que nos empuje hacia adelante, que sea guía, entregue certezas, confianza, sensatez, impulse valores e inspire. Necesitamos soluciones colectivas, lejos de los mesías que piensan en el ego y en sus intereses particulares.

Urge tener buen ejemplo y acciones decentes de quienes aspiran asumir el liderazgo de nuestro país y llevarlo por una senda de unidad, equidad, desarrollo y bienestar.

Estemos lejos de bajar los brazos, de sucumbir o del desánimo. Ahora es cuando Colombia requiere empresas sólidas, actores sociales y culturales sintonizados, trabajo en equipo, ciudadanos comprometidos con la vigilancia, activos en el control y la participación.

Como lo hemos dicho en Proantioquia: no es momento para ser indiferentes 

Columnista: María Bibiana Botero | Presidenta Ejecutiva de Proantioquia

www.elcolombiano.com

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